Cómo criar niños buenos

 
 
 

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TEXTO: CATHERINE NEWMAN / FOTO: CHEYENNE ELLIS.

ALGUNA VEZ pregunté a mis amigos y familiares: “¿Qué implica para ti pensar en criar hijos bondadosos?”. Que sean compasivos, generosos, empáticos, justos, capaces de aliviar el sufrimiento de los demás, me dijeron. Y aunque cada respuesta fue diferente, todas contenían la idea subyacente de considerar y tener presentes a los demás, en lugar de actuar solo por interés propio. La bondad implica “ver con el corazón”, dice Angela C. Santomero, autora de Radical Kindness: The Life-Changing Power of Giving and Receiving [Amabilidad radical: el poder transcendental de dar y recibir] y coautora de la serie animada “Daniel Tiger’s Neighborhood” [Daniel Tigre y su vecindad]. Para los niños más pequeños, podría significar darle una palmada en la espalda a un amigo que está enojado, saludar a un vecino anciano o partir una galleta por la mitad para compartir con el hermano menor. Para los más grandes, la amabilidad puede consistir en consolar a alguien que está triste o en donar parte de su mensualidad a una causa en la que ellos creen. Sea lo que fuere que signifique para ti ser bondadoso, es clave que tus hijos lo incorporen desde pequeñitos. A continuación, una serie de ideas que te ayudarán a dar un paso al frente y comprometerte en la crianza de una futura generación de gente buena. 

Ayúdalos a entender lo que implica ser bondadoso.

Incluso antes de que tus hijos tengan la edad suficiente para ser capaces de actuar con amabilidad, tú ya puedes comenzar a hablarles sobre este tema. Desde el nacimiento, las personas estamos programadas para ser empáticas con los demás a través de lo que se conoce como el sistema de neuronas espejo. Eso hace que podamos sentir intuitivamente lo que sienten los otros, explica la psiquiatra Kelli Harding, M.D., autora de The Rabbit Effect: Live Longer, Happier, and Healthier with the Groundbreaking Science of Kindness [El efecto conejo: vive más tiempo, más feliz y de forma más saludable con la innovadora ciencia de la bondad]. Esa es la razón por la que un niño de dos años es capaz de ponerse a llorar al ver a otro chiquito caerse en el parque. Aprovecha estas oportunidades para conversar con tu hijo sobre lo que le está pasando: “Tú te estás sintiendo triste porque te importa tu amigo y él se acaba de caer y lastimar”.

“A medida que se desarrolla el cerebro de un niño, el pequeño es capaz de separar mejor el ‘tú’ del ‘yo’. Es de ese modo que nace la compasión”, explica la doctora Harding. “Los niños pequeños se centran mucho en lo que significa ‘mi’ y ‘mío’, pero tú puedes ayudarlo para que gradualmente entienda lo que significa ‘nosotros’ y ‘nuestro’. ¿Cómo? Utilizando tú mismo un lenguaje inclusivo”, agrega, por su parte, el pediatra del desarrollo Damon Korb, MD. “Pregúntale, por ejemplo: ‘¿Qué podemos hacer hoy que sea divertido para todos nosotros?’ ”.

Cuando los niños tienen tres, cuatro y cinco años ya puedes enseñarles lo que se conoce como la regla de oro: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”. Para demostrarles lo que esto significa en la vida real, puedes utilizar casos concretos con los que ellos puedan entenderlo fácilmente. Por ejemplo, puedes decirle a tu hija de cinco años: “Tu hermano estuvo estudiando todo el día, creo que debe estar muy cansado. ¿Qué te parece si le llevamos una merienda?” Si ella dice: “¡Sí! ¡Llevémosle uvas!”, tú puedes recordarle que esa es la merienda favorita de ella, pero no la de su hermano. Eso la hará pensar en los gustos de él y se sentirá orgullosa al ofrecerle un bastoncito de queso, aunque a ella no le guste. 

Demuestra amabilidad donde vayas.

Si nos proponemos criar niños considerados, lo mejor que podemos hacer es ponernos a nosotros como ejemplo. “No tenemos la capacidad de controlar el comportamiento que tienen nuestros hijos, pero lo que sí está a nuestro alcance es mostrarles cuán amables somos nosotros”, dice la doctora Harding. Desde que son pequeñitos, los hijos buscan copiar a sus padres. Por eso, nadie mejor que tú para demostrarles la amabilidad desde que son bebés. Cuando crecen, tus hijos van siendo capaces de observar cómo tratas a las demás personas. Ellos prestarán atención a todas tus interacciones, desde las pequeñas, como dejar tu teléfono celular a un lado para hacer contacto visual con alguien y dar las gracias, hasta actitudes solidarias significativas, como llevarle comida a un vecino que está enfermo o atravesando un mal momento, consolar a quienes acaban de perder a un ser querido u ofrecer dinero o ayuda de otro tipo a personas que lo necesiten.

Como todo empieza por casa, es clave que los niños se sientan bien tratados en el hogar. Y, además, que te asegures de que sepan, en especial cuando hay más hermanitos, que los padres tenemos amor, risas, elogios y atención suficiente como para darles a todos nuestros retoños por igual.

Expande la imaginación.

Ayudar a que nuestros hijos puedan pensar cómo se sentirán los demás ante ciertas situaciones es uno de los hábitos más importantes que, como padres, podemos inculcar en ellos. “No puedes ser compasivo a menos que hayas desarrollado una imaginación activa y que seas capaz de ponerte en la posición de otra persona”, dice la prestigiosa autora de literatura infantil Katherine Applegate, quien ha escrito, entre otros libros, The One and Only Ivan [El único e incomparable Iván] y Wishtree [El árbol de los deseos]. 

Para que tus pequeños practiquen la empatía, puedes proponerles hacer juegos de simulación. Si tienes una niña o niño pequeño, podrías decirle: “¡Tu muñeca se cayó al piso y se golpeó la cabeza! ¿Qué te parece que deberíamos hacer?”. A medida que tus hijos van creciendo, van siendo capaces de imaginar escenarios de la vida real más complejos. El doctor Korb, padre de cinco hijos, cuenta: “Yo les señalo algunas situaciones a mis hijos sin emitir ningún juicio de valor, de manera que ellos puedan formarse sus propias opiniones”. Tú podrías decirles a tus niños: “¿Cómo será dormir afuera cuando hace frío?; imagínate si eres un gatito atascado en un árbol y no puedes bajar; piensa lo difícil que debe ser subir al autobús en silla de ruedas, y lo agradecido que te sentirías si un ingeniero inteligente inventara un elevador para poder subir” . Ponles toda clase de ejemplos para que tus hijos puedan reflexionar y sacar sus propias conclusiones ante distintas circunstancias

Con el tiempo y la práctica, este tipo de pensamiento se vuelve automático, al igual que la respuesta de los niños. Así, es muy posible que sientan deseos de colaborar en un comedor o con otra entidad de beneficencia, escribir una carta a la estación de bomberos agradeciendo por rescatar gatitos de los árboles o hacer contacto visual y saludar a personas en silla de ruedas.

Diles que ser bueno no siempre es una tarea sencilla.

Debemos recordarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos que ser bueno a veces no es fácil, asegura Carla Naumburg, PhD, autora de How to Stop Losing Your Sh*t With Your Kids [Cómo dejar de perder el control con tus hijos]. “Aunque en determinadas ocasiones no fluya naturalmente, eso no significa que no seas una buena persona”. Ser generoso con un hermano que te está molestando puede representar un desafío. Defender a un amigo que no está siendo tratado bien puede darte terror. Dar el pésame a alguien que acaba de perder a un ser querido puede hacerte sentir incómodo o resultarte confuso saber cómo actuar con una persona con capacidades diferentes. Pero cuanto más se acostumbren los niños a ser amables, más natural se volverá. “La bondad es realmente como un músculo”, dice la doctora Naumburg, y agrega: “Cuanto más practiques decir cosas amables, más fácil te resultará actuar en momentos difíciles”.

Fomenta los buenos hábitos.

Ayuda a que tus hijos puedan hacer palpable el concepto de ser bueno con verbos que lo haga más tangible. Por ejemplo, incluir, compartir, postularse como voluntario, dar, comprometer, consolar, apoyar, defender, escuchar y darse cuenta cuando alguien podría necesitar ayuda, sea un compañero de clase con un problema de ciencias o matemáticas, un miembro de la familia con una labor o una persona mayor que necesita un asiento en el autobús. En definitiva, todos estos hábitos se asemejan a los buenos modales, ya que actos de amabilidad como decir “por favor” y “gracias” al conductor del autobús también permiten cultivar la bondad y hacer del mundo un lugar más feliz.

Este artículo fue publicado en la revista Parents Latina, febrero/marzo 2021

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