Indiscreciones infantiles

 
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indisLa primera vez que Lucas soltó una barbaridad en público me quedé helada. “Mami, ¡esa señora es gorda!”, dijo en voz alta un día en la farmacia cuando tenía 4 años. Abandoné de inmediato mi canasta de compras, salí corriendo y, ya en la calle, le dije que era cierto, pero que comentarios como esos pueden herir a la gente.

Continuamos haciendo compras, pero en la caja de otra tienda noté que Lucas no le apartaba la vista al muchachito que empaquetaba, un regordete pecoso. Traté sin éxito de distraerlo apretándole la mano. Nada. Le lancé varias miradas inquisitivas. Lucas seguía boquiabierto con las dimensiones del pelirrojo. Por fin me dijo al oído para evitar que el muchachito lo oyera: “Mami, ¡qué flacucho es!”. En menos de media hora, Lucas había pasado de ser muy indiscreto a demasiado diplomático.

Todos los padres tenemos anécdotas similares. En algún momento dado, nuestros pequeños se limpian los besos de la tía, le ponen cara de asco a la comida de la abuela o eructan en público, además de lanzar imprudencias sin disculparse.

No bien los chicos pueden formar oraciones, comienzan a decir en público todo lo que se les viene a la mente, sea piropo o disparate. Programas y libros infantiles nos han hecho doblarnos de risa a través de los años.

Pero cuando la imprudencia proviene de tu hijo, te puede poner en situaciones realmente difíciles.

Mi amiga María dice que no sabe cómo no la arrestaron un día en un restaurante en Chicago, cuando al pasar junto a dos policías que disfrutaban de sus hamburguesas, su angelito de 5 años comentó: “¿Ya ves, mami? No siempre comen doughnuts”.

A menudo, las víctimas somos sus seres más queridos. Una mañana, en la parada del bus escolar, mi sobrina Alicia le comentó a su mamá, mientras le daba palmaditas en la cara lavada, frente a otras madres somnolientas: “Te ves mucho mejor con maquillaje”.

Mi vecino Daniel, quien ha grabado varios discos, recibió su más dura crítica una noche que hacía de padre modelo. Para tratar de hacer dormir a su hija Sophie, le tocó canciones de cuna con su iPad. Se sintió muy halagado cuando la pequeña le dijo que mejor cantara. Daniel no había terminado la primera estrofa, cuando Sophie cambió de opinión: “No, mejor el iPad”.

Según los expertos, los niños comienzan a decir lo que se les cruza por la mente a eso de los dos años y medio o tres, cuando desarrollan la capacidad de observación y expresión verbal.

Recomiendan no sucumbir a la tentación, para quedar bien parado como padre, de hacer que el chico pague por el mal rato. Con sus comentarios, dicen, los pequeños no se proponen ser malcriados ni malvados. Simplemente opinan sobre lo que les llama la atención, sin saber medir sus palabras.

Lo mejor, dicen, después de pedir disculpas brevemente uno mismo, es usar la oportunidad para enseñarles en privado a tomar en cuenta los sentimientos de las personas. Hablarles sobre las diferencias humanas —sean de apariencia, edad, raza, capacidad física u otro tipo— los ayuda a tener tacto y empatía, a ser compasivos y tolerantes. Eso les servirá para siempre y les evitará problemas más adelante. Ocurre que, cuando crecen, esas opiniones ya dejan de tener su toque de encanto.

En mi caso, felizmente dejó de ser necesario que cruzara la calle cada vez que Lucas divisaba a alguien con unas libras de más. Por fin mi hijo aprendió a morderse la lengua… esto es, hasta la adolescencia, cuando pasé a ser su víctima preferida. “Mami, eres casi una antigüedad”, me dijo hace poco, como saludo de cumpleaños.

Por Susana Bellido Cummings

Foto: Wavebreak Media 

 

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