Trabajar desde casa, parte 1

 
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casaNo fueron sueños de opio, ya que tuve un embarazo muy sano, pero quizá sí un caso de delirio severo producido por cambios hormonales: cuando naciera mi bebé, me propuse, aprovecharía los tres meses de licencia para escribir un libro.

Pronto me di cuenta de que los pocos momentos en que no daba de lactar o cambiaba pañales, se me iban en lavarme los dientes, dormir y otras necesidades esenciales. Lo único que logré escribir fue la lista del supermercado. Y así comenzaron mis malabares de madre y profesional.

Regresé al mundo corporativo un par de años. Pero una hija, dos niñeras, un trabajo a medio tiempo, un jefe en la luna y muchas correrías más tarde, me di por vencida. Entonces tuve otra brillante idea: trabajaría desde casa. Ahora sí que tendría tiempo para todo. Pasaría preciados momentos hogareños con mis dos hijos. Hasta lograría relajarme.

Estaba en buena compañía: según la Oficina de Estadísticas Laborales, 2 de cada 10 empleados hacen por lo menos parte de su trabajo en casa. Pero no fue tan fácil como me imaginaba: según los expertos, es necesario tener el trabajo adecuado, sentar reglas claras para la familia, ser disciplinado y, a veces, seguir recurriendo a guarderías.

Para mí, de muchas maneras, fue una gran solución. Ya no perdía una hora al día en ir y venir de la oficina. Mi vestuario cambió radicalmente, al punto que un día que me alistaba para un matrimonio, mis hijos me preguntaron intrigados sobre la plancha y las medias nailon. Llegaron a emocionarse cada vez que me veían ponerme zapatos, pues sabían que íbamos a salir. Y aunque pocas veces recurrí a esa opción, la posibilidad de decir que “no” era liberadora.

Mi vida se simplificó de muchas otras maneras, pero a menudo debía hacer de Mandraque. Como traductora de la Casa Blanca, sudaba la gota gorda al pensar que una distracción podía llevar a un error que causara una guerra. A pesar de mis advertencias, mi hijo insistía en atender el teléfono de mi negocio. (“Veo que te contestó mi asistente”, les comentaba a mis clientes, tratando de restarle importancia a la situación y rogando que tuvieran sentido del humor).’

 Texto: Susana Bellido Cummings

Foto: iStock 

 

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