Siempre me gustó tener mi casa en orden. No al extremo de ser una fanática de la limpieza, pero, como decía mi madre: cada cosa en su lugar. Por supuesto, después de tener dos hijos varones tuve que aceptar la realidad de que ser madre incluye aprender a convivir con cierto desorden. En especial cuando son bebés o durante los primeros años, es casi imposible mantener bajo control el desorden de juguetes. Pero a medida que pasa el tiempo, los juguetes se achican y los niños aprenden que cada cosa tiene su lugar. Por supuesto unos aprenden más rápido que otros. Algunos no aprenden jamás.
A mis dos hijos de 9 y 12 años todavía les cuesta comprender la lógica detrás del orden: ¿para qué ordenar los juguetes si mañana los volveremos a usar?, ¿para qué hacer la cama si a la noche hay que volver a deshacerla?, ¿para qué colgar las chaquetas en el ropero si el respaldo de la silla es más rápido?. Pese a todos estos cuestionamientos, algunos de ellos muy lógicos, las reglas en mi casa son claras: el que quiere salir a divertirse primero tiene que ayudar a ordenar. Desde mi punto de vista de madre, enseñarles a mis hijos a ser ordenados significa ayudarlos a aprender a convivir con otros. En este momento viven conmigo, pero en unos pocos años deberán compartir su espacio con estudiantes en la universidad, amigos o parejas. Cuando ese momento llegue, quizás se acuerden de su madre que los volvió locos pero les enseñó que “cada cosa tiene su lugar”.
Foto: Kraig Scarbinsky
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