El tono que utilizas afecta en la educación de tus hijos

 
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Tus hijos saben reconocer tu grado de enfado según el tono en el que le llamas la atención. Es importante que no utilicemos el mismo tono cada vez que vamos educar a nuestros hijos. El grado de gravedad del asunto tiene que ser equivalente al tono. No podemos enfadarnos de manera exagerada por que se le ha caído un plato y lo ha roto – ya que es algo que él ha hecho sin querer – que el tono que utilizamos cuando nos desobedece a conciencia.

Es necesario que él sepa que ha hecho mal. Si hace algo que tu ya le has dicho cientos de veces que está mal, se imaginará tu voz llamándole la atención por ello. Hay que crearle conciencia. El tono de voz amenazador, inseguro o tedioso que usa un padre para educar, resulta realmente incómodo y crea una sensación de rechazo y frustración en la mayoría de los niños.

Escoger el tono que mejor funciona

La inseguridad que siente un adulto cuando, por ejemplo, no puede controlar, transmitir o hacer entender a un joven lo que quiere, le puede hacer caer en un tono de voz impositivo, manipulador, lo cual se refleja en gritos, chantajes, castigos o muletillas que condicionan como: “si no te portas bien te voy a…”. A veces tenemos que controlar ese impulso que nos produce la impotencia del mal comportamiento de nuestro hijo. Respirar y pensar dos veces cuál es el tono que mejor funciona para mi hijo, el que tiene más eficacia.

Un tono sereno, sin temblar, firme. Un tono de voz que no sea especialmente amenazador, porque dando miedo a nuestros hijos no es la mejor manera de hacer que nos hagan caso. No queremos ser muy agresivos ni impositivos, ya que al fin y al cabo nuestros hijos aprenden de nosotros, y no queremos que cuando empiecen la etapa adolescente nos traten de la misma manera en la que les hemos educado nosotros: amenazas, agresividad y chillidos.

Es por eso que el tono es algo tan sumamente importante en la educación de un hijo. Hay que enseñarles desde muy pequeños que nosotros somos los padres, y que ya solo por eso nos tienen que obedecer. Sin imponer autoridad a base de agresividad, simplemente con un tono desafiante, estable, fuerte y resistente.

Educar y llamar la atención cuando realmente hay que hacerlo, no estar constantemente detrás de él incluso si no ha hecho nada grave. No hay que saturarlo, simplemente estar en el momento preciso. Al fin y al cabo, nuestros hijos son lo más importante para nosotros y queremos lo mejor para ellos. Y cuando estés en ese estado de impotencia a punto de gritarle, recuerda: no es nuestro enemigo, sino nuestro hijo. Alguien que pide sin decirlo a que le ayudes a ir por el buen camino.

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