#votolatino: la historia de una mamá que quería votar

 
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Hasta hace poco, yo era una de los once millones de inmigrantes indocumentados viviendo en Estados Unidos. Llegué aquí desde mi Oaxaca natal, en México, cuando apenas era una niña de 12 años, y fui la última en mi familia en hacerme americana. Al tomar el juramento de ciudadanía en Los Ángeles Convention Center, el pasado mes de marzo, me di cuenta de que por fin puedo llamar a este país, mi país. Durante la ceremonia, lloré cuando el presidente Obama nos dio la bienvenida como nuevos ciudadanos estadounidenses en un mensaje grabado, y sentí un nudo inmenso en la garganta mientras recitaba el Pledge of Allegiance. Nunca había prestado tanta atención a esas palabras que, de repente, tenían un significado mucho más profundo para mí.

Ese mismo día me registré para votar. Quiero ser un ejemplo para mis hijas, Krista, de 4 años, y Sabina, de 18 meses, y hacer del compromiso cívico una parte normal de sus vidas. Yo no tuve ese privilegio al crecer como una inmigrante indocumentada. Desde muy pequeña, a mis tres hermanos y a mí nos enseñaron a agachar la cabeza. Teníamos que hacer todo correcto, apegados a las reglas, porque en este país éramos unos visitantes sin papeles. Mi papá, quien instigó nuestra mudanza, siempre nos dijo: “No arrojen basura al suelo, sean cuidadosos, sigan las leyes”. Vivíamos con miedo, con esa angustia y temor de ser expulsados. Nos mantuvimos alejados de la frontera y nunca fuimos cerca de ningún aeropuerto.

Mi padre también se aseguró de que en nuestro nuevo hogar todo lo lográramos con voluntad y esfuerzo. Como a menudo decía, no vinimos aquí para que nadie nos regale nada, sino a trabajar. Así fue como construimos nuestro restaurante oaxaqueño, Guelaguetza, con el cual conseguimos una licencia comercial a pesar de nuestra condición. La familia entera trabajó para convertirlo en lo que es hoy: uno de los lugares más galardonados de Los Ángeles. Nuestro sistema de apoyo incluye 70 empleados, muchos de los cuales también han dejado atrás a sus familias en búsqueda de una oportunidad. Yo siempre había querido abogar por sus derechos, pero cada vez que los problemas migratorios salían a la luz, como las peleas para permitir que los residentes ilegales de Los Ángeles pudieran obtener licencias de conducir, no podía hacer o decir nada. Me daba miedo llamar la atención por mi estatus. En el fondo, tampoco le veía sentido a hablar. Después de todo, ni siquiera tenía el derecho de votar en este país.

Fueron esos sentimientos de alienación los que me llevaron a regresar a México a los 19 años. Pensaba que necesitaba ir de vuelta y luchar por lo que quería. Sin embargo, aunque asistí a la universidad allá, pronto entendí que por mucho que ame mi patria, no era adonde yo pertenecía. Vi de primera mano las razones por las que mi papá se fue —corrupción, drogas, inseguridad— y me sentí afortunada de tener un hogar en Estados Unidos. Aquí hemos podido trabajar duro y hacer realidad nuestros sueños. Mi padre no tenía papeles ni hablaba inglés cuando abrió el restaurante, y aun así fue capaz de levantar un patrimonio. Le debemos todo a este país. Es por eso que lo he elegido para comenzar mi propia familia.

Solía pensar que la vida de mis hijas era muy distinta a la mía. Crecí como una intrusa en una tierra extraña, con mis padres trabajando de sol a sol para ganarse el pan mientras yo cuidaba de mis hermanos más pequeños. Mis niñas, por el contrario, son nacidas en Los Ángeles, asisten a una escuela de inmersión bilingüe y tienen amigos de diversos orígenes.

¿Cómo podrían sentir que no pertenecen a esta cultura? En realidad, nuestra nación está lejos de ser tolerante y es probable que mis hijas sean juzgadas por el color de su piel y por sus raíces mexicanas. Existen muchos sentimientos antiinmigrante por ahí, con racistas escondidos agrediendo a cualquiera que se vea un poquito diferente. Quiero proteger a mi familia, y el primer paso es votando. Cuando mis hijas sean lo suficientemente grandes para entender, quiero decirles que mi primer voto fue hecho durante un momento de transición, cuando los latinos —“el gigante dormido”— despertamos y nos dim
os cuenta de que sí teníamos una opinión en el futuro del país y finalmente había un nuevo sentido de pertenencia que nos llevó a alzar nuestra voz.

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“Quiero ser un ejemplo para mis hijas Krista, de 4 años, y Sabina, de 18 meses, y hacer del compromiso cívico una parte normal de sus vidas”.

Ya he comenzado a hablarle a Krista sobre la próxima elección. Cuando recibí mis documentos de voto en el correo, los coloqué en la puerta del refrigerador junto a sus dibujos escolares. Ella me preguntó qué eran. Le expliqué: “El país tendrá que escoger pronto a un nuevo presidente, y mami va a ayudar a lograrlo”. Estaba tan emocionada y me dijo, “¡Es muy cool!”. Aunque no lo comprenda mucho en este momento, planeo llevarla conmigo dentro de la cabina de votación el 8 de noviembre para mostrarle cómo se hace.

En mi cabeza, todavía estoy tratando de procesar mi nueva condición. Nunca he votado antes. No sabía cómo funcionaban las primarias, ni que tienes que ir a una locación específica para votar. Pero estuve averiguando mucho sobre los candidatos y estoy más que lista para hacerme oír.

Escrito por: Paulina López

Ilustración: Por José Luis Merino

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